Desde lo alto del montículo, coronado por una vieja fortaleza de la antigua civilización de Urartu, de la que apenas quedan cuatro piedras, nos impregnamos del verdor de los prados, del amarillo de las hojas caídas y del blanco de las cumbres de los volcanes que irrumpieron el curso de los ríos y crearon este magnífico lago: el lago Van. Nuestra mirada se pierde en el horizonte y el espíritu brinca buceando en el color turquesa de sus aguas.
El lago Van es el más grande de Turquía y da nombre a la ciudad que nos alberga. Muchos de sus habitantes son kurdos, un pueblo esparcido por cuatro países: Turquía, Irán, Irak y Siria. Se calcula su población entre los 27 y los 36 millones y habitan en una región que llaman Kurdistán, un país no reconocido por las Naciones Unidas. Se trata de un pueblo perseguido y arrinconado, que a nosotros nos ha mostrado su calidez y su generosidad.
Visitamos también la isla de Akdamar, donde hay una pequeña iglesia armenia que el gobierno turco ha reconstruido recientemente como un primer paso para la reconciliación entre Turquía y Armenia, enemistades desde hace 100 años.
El entorno es inigualable. La silueta de la iglesia se ve difuminada en el horizonte azul-cielo. A medida que nos acercamos, el navegar pausado del ferry corta las aguas del lago. Toman forma los detalles de la fachada y de los ventanales, y se abre ante nuestros ojos un lugar idílico donde se respira una serenidad que nos deja adormecidos en medio de tanta belleza.
Información práctica del viaje en la guía de Turquía e Iran.
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