De Kashgar a Turpan y Dunhuang.
Mientras me pregunto si las 30 inacabables horas de recorrido por el tramo norte de la Ruta de la Seda serán suficientes para dejar atrás el desierto infinito de piedra y roca, el tren comienza a detenerse. Las puertas se abren, pesadas, dejando entrever una estación aún adormecida. Me apeo del tren y ando lentamente bajo la protección de un porche metálico de nueva construcción. En unos minutos, el ambiente grisáceo de la estación se llena de gente que corre a ríos en una única dirección. El bochorno me hace sudar espalda abajo y el gentío me empuja hacia la salida. De repente, el universo se vuelve naranja, como si lo viera a través de un filtro de la cámara. La tierra es naranja, el cielo naranja, el aire que respiro, naranja. La inmensidad del desierto del Taklamakán cae sobre mi, implacable, golpeándome en la cara, aturdiéndome, ahogándome con su aliento caliente.
Fotografia: Imagen del desierto del Taklamakan, extraída de http://www.virginmedia.com
Camino bajo el entramado de hojas y racimos de uva de unas viñas centenarias. A lado y lado parecen gotear flores de temporada de entre los barrotes de los balcones. Mujeres con chilaba remueven la verdura de las paradas de la calle y un aroma a pan recien hecho invade esta mañana soleada de Divrigi.
