Regresamos a Batman, desde Hasankeyf, con la idea de coger el dolmus de la tarde hacia Diyarbakyr. Como aún tenemos tiempo, nos sentamos en una terraza a tomar çay, invitados por un grupo de jóvenes turcos. Con ellos discutimos sobre el triste proyecto que anegará para siempre el precioso pueblo de Hasankeyf y que cambiará para siempre la región. Nos quedariamos toda la tarde disfrutando de su hospitalidad, pero el dolmus hacia Diyarbakyr no espera y tenemos que despedirnos.
Diyarbakyr es una ciudad viva, que lucha por dejar atrás los años en que era asociada al terrorismo kurdo. Pasear al lado de las murallas, que rodean el casco antiguo, es disfrutar de la sombra de los árboles, la sonrisa de la gente, de las risas de los niños. Adentrarse en las callejuelas es ver la vida de los kurdos, sentir el aroma de las especies y los kebabs, disfrutar con los colores de las frutas y verduras dispuestas en pequeños puestos, probar los quesos y las aceitunas preparadas de diversas formas.

