En el siglo VI, cuando la corrupción dominaba la ciudad de Antioquia y la brujería estaba arraigada en la sociedad y en el clero, los preocupados antioquianos acudían a Simeón el Estilita -el joven- que desde lo alto de su columna amenazaba y advertía a los fieles, para que es arrepintieran y enmendaran sus pecados.
Simeón tenía poderes extraordinarios. El polvo de su ropa era más eficiente que el cocodrilo asado y el queso bizantino mezclado con cera. Su polvo podía curar el estreñimiento, causar lepra en un incrédulo y resucitar un asno.

Dibujo extraído de www.syriatourism.org
En una de las manifestaciones religiosas más insólitas de devoción cristiana, el objeto de reverencia era un hombre vivo y laico. Tanto, que Simeón veía como la iglesia se edificaba a su alrededor, a diferencia de la de Simeón el Estilita -el viejo- que se construyó tras su muerte.
La catedral edificada era inmensa y la nave principal en vez de mirar hacia el altar miraba hacia el santo, como signo de su devoción y poder. Su columna era el centro de un octógono donde los capiteles de mármol, en forma de cesto, estaban delicadamente cortados y toda la edificación mostraba su belleza y ostentación que la sociedad le era capaz de mostrar. **


