Unas banderolas situadas a ambos lados del camino señalan la dirección. El viejo monasterio de Rumtek guarda la belleza que da el tiempo al trabajo bien hecho. Es un paraíso de paz y serenidad, un lugar donde uno podría estarse eternamente, viendo pasar la vida.
Nos descalzamos y entramos. En un rincón, una joven occidental está meditando, un monje limpia el altar y otro, con un plato de galletas, se dirige a nosotros y nos las ofrece.
- Son para el Buda – le decimos.
- No, son para vosotros- responde él.
Fuera, el agradable olor de ciprés recien quemado lo impregna todo. Al amparo del Gompa, unos monjes ponen a secar el arroz y en la pequeña escuela un monje da clases a los pequeños aprendices. Lo que no pueden enseñar en su país lo pueden hacer en el exilio de la India.



