Yurtas y senderismo en Jeti-Öghuz – Kirguizistán

Karakol es un paraíso para los amantes de los trekkings, por su proximidad a la cordillera Terskey Alatau, unas estribaciones del Tian Shan. Multitud de agencias de viaje ayudan a organizarlo, alquilando material como tiendas de campaña, transporte y guías que cruzan pasos de montaña a 4.000 metros. Los mejores de ellos se adentran hacia el lago alpino Ala-Kol y el famoso Altyn Arashan, que suele tener una duración de 3 días. También se pueden hacer excursiones a caballo o en bici por las montañas, o esquí en el valle Kashhkasuu o alojarse en alguna de las innumerables yurtas dispersas por la región.

Nosotros decidimos hacer un corto trekking, de una mañana, en la zona de Jeti-Öghuz. Desde Karakol cogimos una marshutka en Ak Tilek Bazaar, que en menos de media hora nos dejó en la población de Jeti-Öghuz. Allí se nos acercó un taxista con un viejo Lada destartalado, que por el módico precio de 50 SOM, se ofreció a llevarnos hasta la sanatoria, un spa activo donde se puede comer, dormir y disfrutar de un masaje. Se encuentra justo pasado el cañón de los Siete Toros (Seven Bulls), una rojiza formación rocosa erosionada por el viento que da origen a su nombre.

Seven Bulls

Desde aquí nos adentramos hacia el valle siguiendo el riachuelo. El sendero es una pista apta para vehículos, que llevan kirguises hasta sus yurtas o turistas locales deseosos de pasar el día en contacto con la naturaleza.

Pero nosotros preferimos caminar y disfrutar del bonito paisaje, hasta ver las primeras yurtas, cerca del río, una imagen típica de Kirguizistan que finalmente podíamos contemplar. Y tras una curva de la pista forestal, el paisaje se abrió en un bucólico valle de un verde intenso, salpicado de yurtas y rodeado de caballos que corrían por sus laderas. Era una imagen de postal, la postal perfecta.

Yurta y Lada Niva

Yurta kirguiz

Valle de Jeti-Oghuz

Kirguizes a caballo

Aquí paramos y comimos un poco de pan y frutos secos, rodeados por esta belleza natural. De haberlo sabido, hubiéramos comido en alguna de las yurtas e incluso hubiéramos dormido aquí, pues hay pastores que ofrecen alojamiento y comida.

Y tras pasar el día, desandamos el camino y regresamos a Karakol del mismo modo que habíamos venido. Pero antes de irnos de Karakol aún nos quedaba una cosa que hacer: acercarnos al lago Issyk-Köl y bañarnos en sus frías aguas.

Así que nos fuimos a Ak Tilek Bazaar para coger una marshrutka hasta la población de Tamga. Tamga es el punto de partida para excursiones a Barsköon, donde también los pastores plantan sus yurtas en el valle, para visitar la cascada Barsköon escondida entre el bosque o para realizar excursiones a caballo de uno, dos o tres días hacia el cañón de Tamga o el lago Ochinchek.

Pero nosotros, que aún nos quedaban muchos meses de viaje por delante, no teníamos presupuesto para hacer ninguna de estas actividades. Así que craso error ir a Tamga a pasar la noche. En este solitario pueblucho no había nada que hacer, nada donde comer, ningún sitio donde tomarse un te. Para darse un baño, tan sólo hace falta ir y volver con la marshutka desde Karakol.

Playa en Tamga

En las gélidas aguas del lago Issyk-kul

Pero nos dimos un baño, un gélido baño en las aguas cristalinas del lago Issky-Köl, una experiencia memorable que compartimos con Roberto, nuestro compañero de fatigas en Karakol.


Yurtas y senderismo en Jeti-Öghuz – Kirguizistán
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