Bukhara, una ciudad de ensueño

Desde Khiva, nuestro siguiente destino era Bukhara, una legendaria ciudad oasis situada a lo largo de la Ruta de la Seda, una ciudad que resultaba fascinante a los ojos de todos los viajeros que encontramos por el camino, así que nuestra ilusión por descubrirla era aún más grande, si cabía.

Bukhara se encuentra a 470 km de Khiva, separada por un desierto gris de tierra y piedras, sin ningún atractivo, caluroso, ahogador e inacabable. Así que trás el desayuno un taxista nos llevó hasta Urgench, donde deberíamos encontrar otro vehículo y más gente dispuesta a viajar hasta Bukhara. Después de una larga hora de espera, nuestro taxista logró encontrar dos pasajeros más , por lo que finalmente salimos hacia la carretera. Era una pista de tierra polvorienta en la que camiones y coches se lanzaban sin parar humaredas de polvo que no dejaban ver ni respirar. Una triste chaikhana nos sirvió café y te y unos pastelillos de carne como almuerzo. Seguimos sentados en el asiento trasero hasta que, tras más de seis horas de aburrido recorrido, el tráfico aumentó a una docena de coches cada diez minutos. A lo lejos divisamos álamos y finalmente llegamos al bazar de las afueras de la ciudad.

El conductor fue agradable y nos llevó hasta la ciudad antigua, tal y como habíamos negociado. La llegada fue sobrecogedora. Es de esas veces en que llegas a una ciudad y ya sabes que no vas a poder abandonarla. No quería ir a buscar hotel, quería tirar la mochila y empezar a explorar aquellas calles legendarias, adentrarme en los bazares que seguro escondería, saludar a aquellas mujeres de coloridos pañuelos… Bukhara es alucinante, reconstruída con ladrillos de barro, abrasada por el sol, protegida por callejones estrechos… incluso parecía guiñarnos un ojo desde sus altivas cúpulas turquesa.

Bukhara

Nos habían dejado en el mismo corazón de Bukhara, en la plaza Labi-Hasv, una plaza que creció alrededor de un gran estanque central cuyas aguas refrescan el espíritu desde hacía siglos y al que acudían sus gentes nada más caer el sol. En el siglo XVI se construyó la madraza Kukeldash, que en su tiempo fue la escuela islámica más grande de toda Asia Central. El magnífico caravasar Devanbegi fue convertido en madraza y la pequeña mezquita Devangebi Khanaka, el tercer edificio de la plaza, con sus cimientos desgastados, es el monumento islámico más antiguo de la ciudad.

Chor MinarNo, no queríamos pasar por el árduo trabajo de la búsqueda de alojamiento, pero tuvimos que hacerlo, aunque tuvimos suerte: el hotel Chor Minar, situado en una callejuela que llevaba hacia el mausoleo Chor Minar (un bonito mausoleo de cuatro minaretes que seguro que habréis visto, pues es la portada de la guía de Uzbekistán) tenía una habitación triple que conseguimos a un buen precio. Tuvimos la misma suerte en conocer a Gemma, Inma e Isa las tres amigas gironinas a quienes resultó que les habíamos quitado la habitación!

Bukhara no admite mapas ni planes. Se explora a pie. Hay que dejarse seducir y perderse, pues aquí es donde esta palabra adquiere su máximo rendimiento: perderse por las callejuelas estrechas, dejarse llevar por el olor del pan recién hecho, seguir unos pasos hasta un bazar, una mezquita o un tremendo caravasar escondido. Al final del día, reposar con un te y una buena cena en el restaurante del Labi-Havz, pero ojo!, que no os lleven hacia el comedor adonde llevan a los turistas, pues la misma carta tiene precios más altos.

Con más de 140 monumentos repartidos entre toda la ciudad y las afueras, fue declarada como Patrimonio Unesco el 1993. La arquitectura data principalmente de hace unos 2.300 años, con influencia persa y karakánida.

No os perdáis el minarete circular Kalyan, uno de los más importantes minaretes de Asia Central, construído por Arslan Khan el 1127. Su nombre significa “gran” en tayico, pero es conocido como el minarete de la Muerte, pues durante siglos los criminales eran ejecutados lanzándolos desde su cima. Es el minarete de la madraza de Po-i-Kalyan, que luce un espectacular iwan (pórtico de entrada) con miles de cerámicas de color turquesa.

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Madraza Mir-i-Arab

No muy lejos se encuentra la ciudadela Ark, una antigua residencia fortificada con palacios, templos, oficinas, almacenes… Cruzad la calle hasta la mezquita, pues su porche merece la pena: grandes pilares de madera que ya deja ver alguna influencia de China en sus pinturas.

Ciudadela Ark

mezquita

Y un largo etcétera de monumentos que nos atraparon durante tres días. La paz que se respira en sus calles nos animó a quedarnos un día más y fue ésta, junto a Khiva, las dos ciudades que más nos gustaron de Uzbekistán.
Pero nuestra ruta debía continuar, esta vez hacia otra ciudad mítica, de nombre tan evocador como legendario: Samarcanda.

¿Nos sigues?


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