Por los Caminos del Mundo: el monasterio de Thiksey, Ladakh

Las puertas del monasterio de Thiksey están entreabiertas, dejando escapar un suave aroma a incienso que corre fugaz hacia el exterior. Un viejo monje sube las escaleras arrastrando la túnica a su paso. Empuja las puertas hacia dentro y me invita a pasar. “Puya”, me dice. La sala de oraciones se abre ante mi, oscura pero calmada, alumbrada por débiles llamas de mantequilla que parecen temblar entre las ofrendas. Al fondo, imágenes de budas con banderas y billetes, arroz para cuando tengan hambre, agua para calmar su sed.

Sentada en un rincón, cruzo las piernas, protejo mi mano izquierda con la derecha, junto los pulgares para dejar fluir la energía. Poco a poco entran los monjes, sigilosos, parecen resbalar sobre el piso de madera, tenues ráfagas de color grana en tranquila procesión.

Cogen asiento sobre las tarimas y despliegan su librillo de oraciones. La puya se inicia con una sola voz, una plegaria melódica que resuena en la sala. A ella se añaden otras voces, guturales y profundas, creando una sola que fluye a ritmo acompasado. Palabras ininteligibles, sin interrupciones, un canto que asciende, sube y se eleva y se hace frenético, casi hipnótico.

Cierro los ojos y dejo la mente libre, que nade entre los cantos, sin parar, que siga los sonidos de los mantras, “gaté gaté paragaté parasamgaté bodhishava…”. Déjate ir, lejos, más lejos, cada vez más lejos…”.

Por los Caminos del Mundo: el monasterio de Thiksey, Ladakh
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