Por la Ruta de la Seda: el desierto del Taklamakán

De Kashgar a Turpan y Dunhuang

Mientras me pregunto si las treinta interminables horas de recorrido por el tramo norte de la Ruta de la Seda deberán ser suficientes para dejar atrás el desierto infinito de piedra y roca, el tren empieza detenerse. Las puertas se abren, pesadas, dejando entrever una estación aún adormecida. Bajo al andén y camino lentamente bajo la protección de un porche metálico, de nueva construcción. En unos minutos, el ambiente grisáceo de la estación se ha llenado de gente que corre a riadas en una única dirección. El bochorno me hace sudar y el gentío me empuja hacia la salida. De repente, el universo se ha vuelto naranja, como si lo viera a través del filtro de la cámara. La tierra es naranja, el cielo naranja, el aire que respiro, naranja. La inmensidad del desierto del Taklamakan cae sobre mí, implacable, golpeándome las mejillas, aturdida, ahogándome con su aliento caliente.

Treinta horas de monótona ruta han dejado atrás Kashgar y Turpan, las oraciones a Alá y los kebabs, para dar paso a una población china han, que engalana las tiendas con colores y luces de neón, reza al dinero y come arroz salteado.

Pero el Taklamakán, el más temido de los desiertos para los viajeros de la Ruta de la Seda, permanece aquí, en el punto donde se reencuentran los ramales norte y sur, imperturbable.


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