La Ruta de la Seda: Jiayuguan, la puerta oeste del Imperio Chino

La revisora del tren nocturno nos despierta golpeándonos el brazo. No sé muy bien qué hora debe ser, pues con el subir y bajar de los pasajeros, no descansamos como deberíamos. Aunque presiento que, en verdad, el cansancio acumulado durante los casi tres meses de viaje nos esta pasando factura.

Con gesto firme alarga su mano y nos devuelve los billetes que la tarde anterior le habíamos dado. Es lo habitual en los trenes chinos, un práctico sistema que permite al revisor avisar con tiempo al pasajero que su parada está al caer. Así, entre bostezos y signos, entendemos que en treinta minutos llegaremos a nuestro destino, Jiayuguan.

Miramos al exterior y el paisaje, casi desértico, nos sorprende por igual. Es el desierto del Gobi, el quinto más grade del mundo, pedregoso y mudo, una vasta región desértica de 1.036.000 km2, situada entre el norte de China y el sur de Mongolia. Fijo la mirada en la distancia erosionada de esta tierra y, de repente, una especie de muro que serpentea y se alarga desierto adentro atrae nuestra atención. Es la Gran Muralla. Un tramo antiguo, desgastado, casi deshecho, y viejo, muy viejo. Es sin duda una de las construcciones más impresionantes que se puedan ver y aquí se ve preciosa. Son muros de adobe, desgastados por el viento y el paso del tiempo, de un color anaranjado como el desierto. Tan bella me parece y tan sobrecogedora por encontrarse allí, aún visible, que no puedo menos que emocionarme.

Muralla china en Jiayuguan

Con esa imagen, llegamos a Jiayuguan, aún entusiasmados pro muy cansados. Llevábamos dos días durmiendo primero en el bus y luego en el tren, que ya no podemos hacer concesiones: visitaremos la ciudad donde se estableció la última guardia del gran imperio chino, en los confines más occidentales y remotos de su territorio, allí donde acababa la Gran Muralla. Feng Shen construyó aquí el 1372 un inmenso fuerte trapezoidal, una fortaleza impenetrable que marcaba el final de la Gran Muralla China. Aquí se enviaba a los condenados para expulsarles del imperio, hacia tierras indómitas, fuera del mundo civilizado.

Desde la estación de tren cogimos el bus local número 1 que nos dejó en el centro, sin saber dónde estaba exactamente el centro de la ciudad. Caminamos durante largo tiempo buscando algo parecido a un hotel, donde dejarnos caer, sin éxito. Pero allí donde preguntábamos obteníamos un no por respuesta. Y es que no todos los hoteles en China permiten alojar extranjeros. Así que tuvimos que tomar la decisión de rascarnos más el bolsillo e ir a un hotel caro, uno de esos por los que ya habíamos pasado que lucían amplísimas recepciones opulentas de mármol y letras doradas. Lo intentamos también en éstos pero… ¿Qué pasaba en esta maldita ciudad que no alojaban extranjeros?

Con los ánimos por los suelos y pensando ya en coger el próximo tren para salir de allí, finalmente encontramos la suerte en un lujoso hotel chino, de nombre escrito en chino y con recepcionistas jóvenes que suplían su nulo inglés con su simpatía y el bendito traductor chino-inglés de su móvil. ¡Sí, aquí nos aceptaban! El precio, tras largo regateo, no fue tan criminal como pensábamos, y tras dos noches durmiendo en transportes, agradecimos encontrar una buena habitación, que dispusiera de baño privado. Aquí descansamos y hasta hicimos colada.

Al día siguiente nos dirigimos hacia la fortaleza de Jiayuguan. Después de pagar los 100 yuanes de la entrada, accedimos por el camino que llevaba hacia el fuerte, en medio de un parque con arbustos, flores y estatuas que hacían las delicias de los turistas chinos. Al final de toda la parafernalia china, la fortaleza se alza majestuosa , rodeada de unos altos y fuertes muros transitables para su defensa, con almenas, torreones y garitas voladas. A diferencia del resto de la Gran Muralla, estos muros son de barro y paja, no de ladrillos, una forma de construcción que compacta los materiales con repetidos y múltiples golpes pesados para hacerlo más sólido.

Estos magníficos muros nos volvieron a impresionar por la sencillez de sus líneas y de su longitud: medían 733 metros. Rodeaba la fortaleza otro muro de protección externo, de hasta 6 metros de altura en algunos tramos. Traspasamos la puerta de defensa que daba acceso al patio, donde se repartían diferentes estancias para alojar a los soldados y almacenes para la comida y las armas. A través de la segunda puerta llegamos a un laberinto de muros, torres, rampas, escaleras, torretas, pasarelas… elementos que pretendían despistar a los invasores y desorientarlos en su camino hacia la fortaleza principal.

Muralla exterior y torres de defensa en Jiayuguan

Una vez dentro de la llamada “ciudad interior”, pudimos caminar por la muralla, admirar el segundo muro y divisar a lo lejos la cadena montañosa Qilian, con sus cumbres nevadas.

Con esta imagen de postal nos volvimos a emocionar. Finalizaba aquí la Gran Muralla y los dominios del imperio chino, pero para nosotros era el comienzo de nuestra aventura por China a través de la Ruta de la Seda. Sentados en los muros del Fuerte de Jiauyuguan, con las piernas colgando sobre las arenas del desierto, imaginamos las maravillas que aún nos quedaban por descubrir: el Gran Buda de Zhangye, las cuevas de Maijishan y la gran ciudad de Xi’an, punto de inicio y final de la ruta de las rutas.

 

La Ruta de la Seda: Jiayuguan, la puerta oeste del Imperio Chino
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