Muscat, dos días para conocer la capital del Sultanato de Omán

Llegamos a Muscat atrapados por la serena imagen de casas blancas que se arraciman frente al mar, aquélla donde las aguas del Mar de Arabia envuelven con su bahía al barrio antiguo y las cúpulas bulbosas de las mezquitas sobresalen resplandecientes justo por encima de las ventanas arabescas.

Las vistas sobre Muscat parecen no tener fin. Por detrás del mar y de la ciudad, el desierto avanza y se expande hasta las rocosas montañas Hajar, que dominan el paisaje con su rojizo reseco.

No tuvimos tiempo para planificar la visita, pues veníamos de un largo viaje por el sudeste asiático y Nepal y en nuestra escala hacia casa nos habíamos regalado -a última hora- once días entre Dubai y Omán. Pero no tuvimos ningún problema. Muscat descansa bajo el azote de un calor intenso la mayor parte del año y se despierta cuando cae el sol para mostrar su lado aún más amable, el de los paseos por su Corniche, el del descubrimiento de sus callejuelas y su zoco y el de los saludos amigables con los omanís.

La primera mañana el sol y el calor hicieron honor a todos sus adjetivos: ardían con viveza, dilataban los cuerpos y parecían tomar forma para fundirse con los colores de esa Muscat de leyenda que tantos reyes anhelaron. Recuerdo un cielo sin nubes de un azul intenso y nítido y el marrón de la tierra quemada que refulgía con fuerza bajo su ímpetu. No aparecían más colores en ese paisaje, tan sólo el blanco y el crema de las casas bajas del barrio antiguo y de la Corniche, que cumplen un estricto código de construcción tradicional.

El carácter de la ciudad de Muscat es diferente de otras ciudades vecinas como Dubai o Abu Dhabi. Los grandes bloques de edificios y hoteles no cuentan con un número muy prolífico y las construcciones reflejan la tradición arquitectónica omaní con algún motivo arabesco en sus elementos. El resultado es una atractiva y tranquila ciudad con un marcado carácter árabe.

Mezquita en la bahía de Muscat

Nos dirigimos hacia la zona este de Muscat, donde se hallan los fuertes, el palacio del Sultán y otros edificios de la época portuguesa. Seguimos la avenida Al Bahri que corre paralela al Mar de Omán, donde los fuertes destacan en toda la línea de la costa con su silueta defensiva y compacta sobre rocas escarpadas. Allá dondequiera que eleves la vista en Muscat, fácilmente divisarás un fuerte. Y es que ya en el siglo I era conocida como un importante puerto de comercio en el Golfo de Omán, lo que le ha valido la codicia de poderosas tribus e imperios que la han luchado y conquistado: desde los persas hasta los otomanos, pasando por los portugueses, quienes construyeron los fuertes y la mayoría de las fortificaciones y muros defensivos.

Fuerte Al Murani en Muscat

Al Jalali es el más impresionante de todos los fuertes. Su imponente estructura de dos torres que miran hacia el fuerte Al Murani y las sólidas murallas sobre el pináculo rocoso -accesible hasta hace poco sólo por mar- da la idea de una fortaleza inexpugnable. Fue construido en 1586 por los portugueses siguiendo el estilo arquitectónico árabe y, durante el transcurso de los años, ha sido usado como refugio y también como prisión de los miembros de las familias reales, dependiendo de cómo viraban los vientos conquistadores. Fue reconstruido en 1983 y convertido en museo de la cultura omaní, una pena que la visita esté supeditada a la obtención de un permiso a través del Ministerio de Patrimonio y Cultura Nacional.

No muy lejos de aquí se encuentra el Palacio del Sultán, Al Alam. Rodeado de muros y verjas, es un elegante palacio de paredes de mármol, jardines y piscina, usado por el sultán para sus ceremonias. Fue construido ampliando el edificio que ocupaba la embajada británica y bien vale la pena acercarse hacia la puerta de entrada para admirar la delicada arquitectura.

Sultan Palace, Al Alam, Muscat

Una amplia avenida de palmeras une el palacio con el Museo Nacional. Toda la zona está habitada por edificios gubernamentales que conservan la esencia de la arquitectura omaní, con sus paredes blancas y sus techos y balcones de madera.

La Gran Mezquita de Muscat

La segunda mañana uno debe acercarse hasta la Gran Mezquita, un regalo del sultán Qaboos a la nación para celebrar su reinado de 30 años. Situado entre el aeropuerto y la ciudad, esta imponente estructura islámica de construcción moderna acapara todas las atenciones de los creyentes y de los visitantes. Intrincadas celosías de mármol y de cerámica con motivos florales, una impresionante sala de oraciones con capacidad de hasta 20.000 fieles, una gran alfombra persa que tardó en fabricarse 4 años con las manos de 600 mujeres -la segunda más grande del mundo según parece- y obras de arte en todos y cada uno de los rincones del conjunto.

Gran Mezquita de Muscat

Pórtico de la Gran Mezquita de Muscat

Cupula de la Gran Mezquita de Muscat

La Corniche de Muscat

Con las tardes llegan los mejores momentos que Muscat y su vibrante barrio portuario, la Corniche, puede ofrecernos. La vida cotidiana se entremezcla sin rasguños con los visitantes, la mayoría de ellos musulmanes, mientras el sol va cayendo y los tonos blancos del barrio de la Corniche se funden con las aguas calmas de la bahía. Las mezquitas se iluminan y las bulbosas formas de sus cúpulas de colores tapizan la escena como si de un sueño de Arabia se tratase. Es hora de penetrar en el zoco Mutrah, el bazar, mejor desde la parte alta de la ciudad, dejándose llevar para acabar frente a la bahía.

Corniche de Muscat al atardecer

Allí ya esperan los camareros, que preparan las mesas, calientan las primeras brasas para los kebabs y animan con sus gritos a sentarse en las mesas frente al mar. “-Un paseo más y venimos”. Un paseo más, tantos como quepan en este día, a lo largo de la refrescante Corniche, con el mar a un lado y la ciudad al otro, donde la vista es un regalo y el sueño vuelve a ser realidad.

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