Nómadas, caballos y yurtas en el lago Song-Kol – Kirguizistan

La primavera es tiempo de trabajo en Kirguizistan, pero también de alegría y de festejos. Las nieves se retiran y los pastos se llenan de verdor con la llegada de los primeros fuertes rayos de sol. Es el momento de salir de las casas, de las granjas, de los pueblos, y de encaminarse hacia las montañas, frondosas y acogedoras aunque blancas aún en sus cumbres. Y de vivir allí la primavera y el verano, como ha hecho este pueblo nómada desde hace más de 1.500 años, tan sólo doblegado por los rusos quienes le obligaron a establecerse en los anodinos pueblos y ciudades, recluído y alejado de sus anhelados valles y montañas.

Quería acudir a uno de esos lugares de reencuentro de los kirguises, disfrutar como ellos de la naturaleza imperante en todo el país y de la estampa kirguís de una yurta contra un fondo de montañas nevadas. No fue fácil abandonar la acogedora ciudad de Karakol y su lecho de comfortabilidad, pero el siguiente destino bien valía un viaje a Kirguizistan y nuestra partida. Recogimos los pertrechos una mañana tíbia de agosto, repartimos un par de “da’svidania” (adiós) a las rusas de recepción, a quienes ya no les costaba tanto sonreir, y partimos hacia Kochkor, la población más cercana al popular lago Song-Kol.

vieja furgoneta soviética

Este lago de montaña es el segundo del país después del Issyk-Kol, aunque le sigue desde muy lejos. Se encuentra a una altitud de 3.013 metros, un dato que hay que tener en cuenta si se sufre de mal de altura. Sus riberas se extienden hasta 29 kilómetros de largo y 18 de ancho. Suaves olas las bañan con un agua limpia y cristalina, gélida, apta para kirguises de rostro ancho y piel sin barba, dignos descendientes de tribus túrquicas. Su silueta azul y su contorno chispeado de blancas yurtas me apremian hacia allí.

El viaje desde Karakol transcurría por la ribera sur del gran Issyk-Kol, hasta que nos adentramos hacia el oeste y lo perdimos de vista. El paisaje se volvió rocoso y árido de camino al valle que llevaba a Kochkor y cambió a verde bosque y a álamos plateados una vez que llegamos. Apenas observamos ningún cambio desde la última vez que estuvimos, allá por el 2007: las calles seguían siendo de tierra, las casas bajas y la existencia, soberanamente libre, se vivía en la calle.

hombres kirguises cerca del mercado

Un local de baldosas llamativas estilo años sesenta del que no acertabas a adivinar si sería un restaurante o un prostíbulo y una oficinilla turística encajada dentro de un módulo de chapa, fueron las dos únicas evoluciones que advertí en Kochkor. Miento. Y una decena de mochileros con pantalones de trekking que deambulaban en cuenta gotas por la avenida principal con el semblante cansado y la piel tostada, buscando algún buen tugurio donde comer y pasar las horas.

Nos dirigimos a la CBT y a la Sheperd’s Life, verdaderas precursoras del turismo en Kirguizistan y pioneras en Asia Central del turismo sostenible dirigido a la comunidad, especialmente estas agencias de Kochkor. Tenían una amplia oferta de alojamiento en “homestays” o casas particulares y en yurtas instaladas en el lago o en las montañas, guías locales y caballos para realizar multitud de trekkings por la cordillera Kirguís o taxis para subir al lago.

Nos decantamos por la competencia, la oficinilla de al lado, pues habíamos oído que la regentaba una antigua trabajadora de Sheperd’s, los precios eran más bajos y los principios de actuación en cuanto al beneficio que recae directamente en la comunidad, permanecían intactos. La idea es sencilla: la agencia es una simple intermediaria entre el turista y el local que presta el servicio, pues es a él a quien se paga.

A la mañana siguiente subimos al ansiado lago Song-Kol. El acceso al lago está bien acondicionado y los paisajes que nos abruman y que vamos dejando atrás, son soberbios.

Camino del lago Song-kol en Kirguizistan

La llegada al lago Song-Kol me maravilla, relucientes son sus aguas turquesas e inacabables, verdes las suaves laderas que lo envuelven, vivas con el correr de los caballos y las redondas yurtas plantadas vigilando sus rebaños.  Y llega la paz. Y el sosiego, por haber llegado a un lugar del que me había encaprichado.

caballos y yurtas en el lago Song-kol

manada de caballos en el Song-kol

caballos galopando por el lago Song-kol

 Además del alojamiento y la comida, estos nómadas ofrecen al visitante contratar un paseo a caballo por los pastos o algún trekking de varios días. Nosotros alquilamos un par de caballos, que a la media hora deciden dar la vuelta y regresar al campamento sin que nosotros seamos capaces de hacerles dar la vuelta.

Nuria dando de beber al caballo en el lago Song-kol

Y aquí, en este magnífico paraje, ponemos fin a nuestro paso por Kirguizistan, pues debemos continuar nuestro viaje por La Ruta de la Seda hacia China.

Nómadas, caballos y yurtas en el lago Song-Kol – Kirguizistan
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